25/09/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Mientras
Indalecio Prieto amartilló un arma de fuego en plena bronca parlamentaria, Ana
Vázquez mostró un aerosol para denunciar una situación de inseguridad”
Ayer, la Presidenta del
Congreso de los Diputados localizó, neutralizó y expulsó del pleno una de las
grandes amenazas que, hasta ahora, ha sufrido la democracia española.
Hay que agradecer tanto
la rápida intervención como la perspicacia del CNI que, apenas cinco minutos
después de que una diputada popular blandiera el arma, informó a
Francina Armengol del potencial peligro pimentero.
En estos tiempos
convulsos, cuando cualquier cosa puede poner en peligro la estabilidad de las
instituciones, alguien tiene que estar pendiente de que no se cuele un arma de
destrucción masiva en el hemiciclo. Y ahí estuvieron, prestos, los informes de
los servicios de inteligencia… los mismos que, según el propio gobierno con la
excepción de su responsable, no llegaron el 30 de julio a Ceuta.
Esta vez sí que la
amenaza era realmente temible: un spray de pimienta. Y es que Ana
Vázquez, diputada del PP, tuvo la osadía de mostrar en el Congreso un aerosol
para denunciar que una gran mayoría de mujeres de Ceuta los están utilizando
para defenderse de posibles agresiones. La Presidencia, WhatsApp mediante,
con admirable rapidez, identificó el peligro, activó el Reglamento y expulsó a
la diputada.
A estas horas se
desconoce si hubo que evacuar el palacio, poner en alerta a los servicios de
seguridad o avisar a la OTAN. Pero, por si acaso, el spray fue tratado con la
solemnidad que merece una auténtica pieza de artillería parlamentaria.
Porque no estamos
hablando de cualquier riesgo. Estamos hablando de gas pimienta. Una
sustancia de tal peligrosidad que, exhibida a varios metros de distancia, puede
aparentemente poner en jaque la seguridad del Estado. Un bote diminuto, con
aspecto de ambientador de bolsillo, convertido por obra y gracia de la tercera
autoridad del Estado en una amenaza institucional de primer orden.
Para colmo de males, la
diputada no roció a nadie, ni siquiera amenazó a un ujier. Simplemente
pretendía exhibir el objeto para utilizarlo como “argumento político”. Y ahí se
encontró precisamente con el problema: el spray era la prueba palpable de
algo incómodo para quienes continúan hablando hoy de normalidad en la ciudad.
En el Congreso puede -y
debe- discutirse sobre delincuencia, seguridad, inmigración, igualdad o
cualquier otra cuestión si el gobierno tuviera las agallas de comparecer. Lo
que resulta más complicado es tener delante un objeto que simboliza una
pregunta bastante sencilla: ¿por qué hay mujeres que sienten que necesitan
llevar un spray de pimienta para defenderse? Y esa interpelación, que queda
en el aire, ya no es tan fácil de expulsar del hemiciclo.
No está de más recordar
hoy que la historia parlamentaria española ha conocido escenarios bastante
menos metafóricos. Sin necesidad de invocar los tricornios de Tejero ni las
bayonetas de Pavía, en la perenne memoria democrática aún relumbra la
pistola del diputado socialista por Vizcaya Indalecio Prieto, quien el 4 de
julio de 1934 (“¡qué buenos, gozosos y anhelados tiempos!”) la empuñó en el
Congreso durante un tumulto parlamentario: Una pistola, una pistola de verdad,
que amartilló y con la que hizo ademán de disparar contra el diputado de la
CEDA, Jaime Oriol. Curiosamente,
el presidente de las Cortes, Santiago Alba, del peligrosísimo Partido
Republicano Radical, no le expulsó ni le aplicó sanción alguna.
Hoy, casi un siglo
después, nada hemos aprendido y hemos elevado el nivel de la amenaza hasta un
spray de pimienta. En todo caso, empate histórico en este duelo armamentístico
en Las Gaunas de la Carrera de San Jerónimo: PSOE 1 - PP 1.
Si acaso, resaltar una
pequeña diferencia en cuanto a la calidad del marcador: Mientras Indalecio
Prieto amartilló un arma de fuego en plena bronca parlamentaria, Ana Vázquez
mostró un aerosol para denunciar una situación de inseguridad. Quede para el recuerdo
que la autoridad de la Presidencia también consiste en saber distinguir entre
una amenaza real y una provocación parlamentaria, sin necesidad de convertir un
pulverizador en un lanzallamas.
Porque, si ante cada
gesto polémico aplicamos el máximo rigor reglamentario, conseguiremos algo
extraordinario: un Congreso impecablemente seguro, perfectamente ordenado, pero
completamente incapaz de soportar una dosis mínima de teatralidad política.
Y quizá ese sea el
verdadero peligro. No el gas pimienta. El peligro es que un Parlamento
llegue a sentirse más amenazado por un bote que por la pregunta que lleva
implícita.
De todos modos, celebremos que el arma fue neutralizada. La democracia puede respirar de nuevo. El spray, finalmente, salió del Congreso. La pregunta, por suerte, no. Solo queda responderla.
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