miércoles, 12 de agosto de 2026

Zapatero: Del “que se investigue todo” al “bueno, despacito…”

 



12/08/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

“Quien ayer entregaba las llaves de la investigación con una sonrisa, hoy parece preguntar desde la puerta cuánto piensa quedarse el invitado y si realmente necesita abrir todos los armarios”

 

Durante su comparecencia ante el juez instructor José Luis Calama en la Audiencia Nacional, el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero afirmó en su natural modo engolado: “Yo quiero dar un paso más, señoría. Autorizo a que se investigue fuera de España, en todo el mundo si tengo alguna sociedad, algún bien, a todo…”, manifestando así su total disponibilidad para que se examine su patrimonio internacional. Con el pecho aún henchido, como quien entrega las llaves de la cámara acorazada del Banco de España, añadió: “Si encuentran algo, adelante”.

Los cronistas de la época (17 de junio de este año) recordaban que el mensaje transmitía una confianza casi temeraria en la independencia judicial. Investigar era sinónimo de transparencia. Cuanto más lejos llegara el juez, mejor. El lema parecía ser: “No dejen un cajón sin abrir”.

Años después, perdón, transcurrido mes y medio, el inefable Zapatero ha recurrido la autorización del juez instructor para que la Policía Nacional pueda investigar, entre otras, sus cuentas bancarias, las de sus hijas, Alba y Laura, y las de su secretaria, ya internacionalmente conocida como la Gertru.

En el escrito remitido al juez el 3 de agosto, su abogado pide dejar sin efecto el permiso del propio magistrado a la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional para “ampliar la información que se considere pertinente” sobre los referidos productos bancarios. Porque, entre otras cosas, “una habilitación genérica podría avalar una investigación prospectiva”.

El mismo verbo -investigar- parece haber sufrido una reforma lingüística. Antes parecía significar “llegar hasta el final”. Ahora, para nuestro -en todas sus acepciones- caro presidente, viene acompañado de un asterisco: “hasta donde resulte oportuno... y siempre que no me incomode demasiado”.

La escena tiene algo de entrañable. Quien ayer entregaba las llaves de la investigación con una sonrisa, hoy parece preguntar desde la puerta cuánto piensa quedarse el invitado y si realmente necesita abrir todos los armarios.

Para los que están dispuestos a seguir engullendo ruedas de molino, no se trata de una contradicción, sino de una sofisticada evolución del pensamiento político mediante la cual la independencia judicial es un principio absoluto... especialmente cuando sus resoluciones coinciden con las propias expectativas.

La hemeroteca, mientras tanto, permanece en silencio. No vota, no habla y no concede entrevistas. Solo recuerda. Y eso, para algunos, debiera resultar mucho más incómodo que cualquier investigación, lo que no es el caso de esta ganadería.

lunes, 10 de agosto de 2026

Ceuta, otra vez el Ministerio de la Responsabilidad Ajena

 



10/08/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

«Cambian los protagonistas según el caso, pero el desenlace político parece inmutable. Nunca falla el comunicado (a posteriori). Nunca falla la explicación (si llega a darse). Nunca aparece un responsable político entonando el mea culpa: “Nos equivocamos”»

 

Con motivo de la IN-VA-SIÓN de Ceuta, en un nuevo ejercicio de equilibrio progre entre la explicación zopenca y la excusa de mastuerzo, el Gobierno de España ha vuelto a reeditar la teoría del “nadie podía imaginarlo”. Según la versión oficial, los avisos no hablaban de un escenario de “semejante magnitud”, así que, naturalmente, “no había motivos para adelantarse a los acontecimientos”.

La de estos personajes es una doctrina fascinante: “si la realidad supera la previsión, la responsabilidad desaparece”. Impasible el ademán...

Sin embargo, saben aplicar la teoría contraria y selectivamente. Cuando la DANA arrasó la Comunidad Valenciana, además de La Mancha y el oeste andaluz, las alertas meteorológicas advertían de un episodio de lluvias extremas, aunque nadie, ni la AEMET, anticipó que podrían acabar registrándose cantidades muy superiores a las anunciadas y aunque nadie, ni la Confederación Hidrográfica del Júcar, predijera el desbordamiento de cauces y barrancos, el del Poyo entre ellos, del que se informó dos horas antes que su caudal descendía. Si el criterio ahora conocido se aplicara a aquella catástrofe resultaría que el aviso solo obligaba cuando acertara hasta el último litro por metro cuadrado, motivo por el que no habría que exigir responsabilidades, ¿O no Mazón?

Ahora se afirma que los servicios de inteligencia no alertaron de una situación comparable a la finalmente vivida en Ceuta. Quizá sea cierto que nadie describió exactamente lo que acabaría ocurriendo. Igual que una previsión de fuertes lluvias no puede adivinar los centímetros cúbicos exactos que caerán sobre una superficie. Igual que los informes de los maquinistas no pueden asegurar el momento exacto en que se rompa una vía, como diría el primer alcalde de Atapuerca tuit mediante.

Pero la función de un gobernante no consiste únicamente en reaccionar cuando la catástrofe hace acto de presencia, sino en prepararse para escenarios calamitosos cuando existen señales de riesgo. Porque si los políticos solo actúan cuando el desastre ya es una certeza absoluta, entonces ya no hablamos de prevención, sino de retirada de lodos, en un caso, de infraestructuras paralizadas durante meses, en otro, de acogimiento de miles de personas y de saturación de los servicios públicos, en el último y de muchos -demasiados- muertos en ambos casos.

Momentos todos en los que relumbra la incapacidad de manera tan redundante como difícil de ignorar: la gestión de la pandemia, el apagón, los incendios, los accidentes ferroviarios, las crisis de seguridad… episodios en los que se cuestiona no tanto el hecho en sí como la respuesta institucional. Cambian los protagonistas según el caso, pero el desenlace político parece inmutable. Nunca falla el comunicado (a posteriori). Nunca falla la explicación (si llega a darse). Nunca aparece un responsable político entonando el mea culpa: “Nos equivocamos”.

La responsabilidad política se ha convertido en una especie protegida. Todos los problemas tienen autor, excepto cuando el autor se sienta en el consejo de ministros portando con orgullo, no ajeno de carácter, la Cartera de la Responsabilidad Ajena.

Siempre habrá un informe insuficiente, una alerta incompleta, una administración anterior a la que culpar, una competencia compartida, un enemigo invisible o una circunstancia extraordinaria. Lo extraordinario, en realidad, es encontrar una ocasión en la que alguien asuma personalmente las consecuencias de su mala/pésima gestión.

Mientras tanto, la maquinaria de comunicación continúa funcionando a pleno rendimiento. Las ruedas de prensa llegan puntuales. Las campañas institucionales son impecables. Las videoconferencias muestran buena iluminación. Las fotografías revelan gran actividad. Y, si la realidad resulta incómoda, siempre quedará el nuevo y ya tan viejo recurso del “nadie podía preverlo”.

Quizá algún día la responsabilidad política deje de ser un concepto decorativo y vuelva a significar lo que su nombre indica: responder por las decisiones tomadas e, igual de importante, por las que nunca llegaron a tomarse.

Ojalá que nunca llegue, pero la próxima crisis, con estos mangutas al mando, ya tiene redactado el primer párrafo del comunicado oficial: “Los avisos no indicaban una situación de esta magnitud”.


martes, 4 de agosto de 2026

La Marcha Verde 2.0: otra muestra de debilidad

 



04/08/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

“Mientras Mohamed planifica a veinte años, Pedro lo hace a veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete votos…!”

 

Dice un buen amigo, militar de alto rango, que existe una máxima en estrategia que rara vez falla: los Estados ponen a prueba la determinación de sus vecinos cuando perciben vacilación y debilidad. Contrariamente, suelen ser más cautos cuando reciben una respuesta firme e inesperada.

Marruecos ya tuvo ocasión de aprender de lo último en julio de 2002. La ocupación del islote de Perejil por efectivos marroquíes fue respondida de inmediato por el Gobierno de José María Aznar con la Operación Romeo-Sierra, una intervención tan jocosamente criticada por la progresía como rápida y precisa, tanto que restituyó la soberanía española sobre el islote en cuestión de horas. Más allá del debate político o del chiste fácil que siempre acompañó aquella decisión, el mensaje estratégico fue inequívoco: determinadas líneas no pueden cruzarse sin una respuesta inmediata. Aquella crisis terminó tan deprisa como había comenzado, sencilla y llanamente porque el morador del Palacio Real de Rabat comprobó que, frente a él, había un Ejecutivo dispuesto a asumir el coste político de defender los intereses nacionales.

No deja de ser significativo que, casi un cuarto de siglo después, el contraste sea tan acusado. Donde entonces se proyectó determinación, hoy muchos perciben cautela, mesura y aprensión; donde antes se disuadió, ahora se incita a la embestida.

Hay países que invierten miles de millones en inteligencia para detectar los momentos de debilidad de su adversario. Marruecos, además de gastar más, ahorra con tan solo echar un vistazo ahora a La Moncloa y antes a El Pardo: en 1975, Hassan II, mientras Franco agonizaba, observó un magnífico momento para organizar la Marcha Verde. Y acertó de lleno. Porque cuando un jefe de Estado percibe que el vecino está más pendiente de su propia supervivencia -física o política- que de defender sus intereses, las oportunidades aparecen solas.

Cincuenta y un años después, casi puede imaginarse a los estrategas de la milicia marroquí reuniéndose la pasada semana alrededor de un mapa, mientras visualizaban videos de las sabinianas saunas, donde uno pregunta: “¿Cómo andan hoy los españoles?”. Y alguien responde: “Tranquilos, como casi siempre, bastante entretenidos consigo mismos”. Fin de la reunión.

La diferencia entre 1975 y 2026 es puramente antropológica. Entonces el problema era que el jefe del Estado se moría. Ahora quien atraviesa una lánguida agonía es un proyecto político personalísimo diseñado al margen de la nación, dispuesto a hacer equilibrios imposibles para ganar unas semanas más de oxígeno parlamentario.

Y eso, en geopolítica, tiene consecuencias. Así, mientras España discute sobre su propia crisis, Marruecos hace exactamente lo que hacen los Estados que defienden sus intereses: fortalecer los suyos. Mientras Mohamed planifica a veinte años, Pedro lo hace a veinte votos. Menos aún: ¡Sánchez, por siete votos…!

Marruecos ha demostrado que puede ocupar Ceuta en horas sin pegar un tiro. Fuentes fiables elevan la cifra de los invasores sin armas y sin vehículos a 100.000 en algo más de veinticuatro horas. Imaginen solo la mitad, pertrechados de kalashnikovs y acompañados de unas docenas de sus casi 5.000 vehículos militares.

El cambio de posición sobre el Sáhara Occidental de 2022, sin pasar por Las Cortes, se presentó ya como una brillante operación diplomática destinada a inaugurar una nueva etapa con Rabat: el principio de una relación idílica, casi una luna de miel perpetua.

Cuatro años después, curiosamente, parece que las tensiones no han desaparecido, tampoco las coacciones. Y cada episodio parece exigir nuevas dosis de prudencia, nuevos silencios y nuevas explicaciones sobre por qué todo va tan magníficamente bien mientras los hechos se empeñan en estropear el relato. Porque no es discutible que Rabat continúa marcando el ritmo de una relación que España secunda al segundo siguiente. Mientras el reino africano considera la política exterior una cuestión de Estado, el chulo tranviario la ha convertido en una nota de prensa redactada al albur de la información contenida en teléfonos clonados.

La defensa nacional no consiste únicamente en tener buenos soldados -que los tenemos- ni excelentes policías y guardias civiles -que también los tenemos-. Consiste, sobre todo, en que quien está al frente del Gobierno transmita la imagen cierta de que hay determinadas líneas que nadie puede cruzar.

Por el contrario, si el mensaje que recibe el vecino es que todo es negociable salvo permanecer un día más en el poder, no debería sorprendernos que ese mismo vecino interprete que merece la pena seguir apretando.

Vista con perspectiva, la enseñanza de la Marcha Verde nunca fue que Marruecos era extraordinariamente fuerte. Sí fue que España parecía extraordinariamente débil.

Y esa es la clase de lecciones que conviene no olvidar, incluso desde el retiro de La Mareta con más guarnición a estas horas que la ciudad autónoma recién IN-VA-DI-DA.

De momento Ceuta y Melilla siguen donde siempre. Españolas ayer. Españolas hoy. ¿Españolas mañana?

domingo, 2 de agosto de 2026

31 años del 2 de agosto y 46 días del 18 de junio. ¿Mereció la pena luchar?

 

 

31 años ya... más de seis lustros. Parece que fue ayer. Pretendían acabar con el Sevilla, pero no contaban con el patrimonio más importante del club hispalense: su afición. Entre cuarenta y cincuenta mil personas se echaron a la calle aquel 2 de agosto para exigir justicia. La cacicada de Jesús Gil, Antonio Baró, Jesús Samper, Ramón Mendoza, Rafael Cortés Elvira y José María García fue abortada por todos y cada uno de los sevillistas, en especial los que se echaron a la calle, con cuarenta grados a la sombra, como un solo hombre (o una sola mujer, para ser correctos ahora).

¿Qué sevillista no recuerda aquel despertar de la siesta agosteña del primero de mes?: ¿Cómo? ¿qué dices? ¡tú estás loco... ! ¡Y tanto que estaban locos! El sevillismo así se lo demostró... ¡Qué grande eres -¿eras?-, Sevilla!

Ernesto López de Rueda, Javier Tenorio y Enrique fueron los promotores de aquella demostración de fuerza del sevillismo. Aquel mismo día a las tres de la tarde (cinco horas antes del comienzo y cuando Internet y las redes sociales eran una entelequia) presentaron en la Delegación del Gobierno la comunicación de la gran manifestación que se pretendía convocar. Todo un documento para la historia sevillista:


 

  

 

Meses después, Ernesto López de Rueda, vicepresidente de Foro Sevillista, plasmó en los capítulos 3 y 4 de su libro "Sevilla hasta la Muerte, El coraje de una afición" el acontecer de aquellos tremendos días en que se forjaron los sólidos cimientos del Sevilla actual: El libro de cabecera del sevillismo en el que se narra la intrahistoria del abortado abordaje del Sevilla F.C. por los invasores madrileños y marbellíes.

 

Pero de nuevo volvieron a sonar tambores de guerra: los grandes capitales que aglutinan la mitad de las acciones del Sevilla FC emprendieron hace más de un lustro una lucha desaforada en pos de hacerse con el mayor número posible de títulos con el pretendido afán de controlar la institución, y lo hacen ofreciendo precios desorbitados... o no tanto. Los 3.200 - 3.400 euros que han llegado a pagarse por un título accionarial, pusieron -otra vez- en alerta máxima a un sevillismo de base que, no es nuevo, siempre había vendido -de forma consciente- a señalados sevillistas. Ahora saben, sin embargo, que, con la mediación de esos mismos sevillistas, peleas al margen, el objetivo no es otro que dar entrada, más pronto que tarde y mediante su agosto particular, a capital extranjero en la gran casa del fútbol andaluz, pero, embolsándose una ganancia ya bastante menguada por sus desaciertos y riñas. El pasado 18 de junio el sevillismo volvió a empetar las calles de Sevilla solicitando la marcha por su manifiesta incapacidad de todos los grandes accionistas del club.

 

Para colmo, firmamos cuatro temporadas, las últimas, incluida la 2022/2023 en la que se cosechó inesperadamente el octavo entorchado europeo, que no se corresponden con nuestra historia. Deuda desaforada de la mano de pingües beneficios de los administradores, familias enfrentadas, desabruptos de mostrador de taberna, insultos, descalificaciones… todo ello pensando en un scotazzo (sinónimo de pelotazo y que me perdone el gringo) que garantice el futuro de sus bisnietos y olvidándose de lo que dicen es sagrado: El Sevilla FC, ése que, ahora sí, solo somos nosotros.

 

"¡El fútbol está así, mira en Inglaterra, en Francia, en Italia... donde los magnates del Próximo o del Lejano Oriente se han hecho los dueños de los grandes emblemas europeos!". Eso dicen, para conformarnos y quizá no les falte razón, pero ese fútbol, ese Sevilla inminente que se viene tejiendo ahora entre bastidores no es el club por el que nosotros luchamos o se dejaron la piel y una parte importante de su peculio nuestros antepasados... ese Sevilla dandy que nos están pergeñando seguramente -al menos eso nos siguen vendiendo- atestará aún más las vitrinas y convertirá al Grande de Andalucía en primer referente a nivel mundial, pero ese Sevilla "sushi", "de arroz tres delicias" o de "chop suey de pollo", no será el Sevilla de hoy ni aquel de 1995. Si eso ocurre, posiblemente asista a algún encuentro, lo mismo que me presento en un musical de la Gran Vía, pero no, no puede ser lo mismo.

 

Una afición en permanente lucha por la independencia de "su" club está hoy llamada -31 años después- a defender su identidad, esta vez no frente a invasores extraños, sino ante este reto de "los nuestros", y éste sí que se antoja imposible de superar. Tanto que cabe preguntarse: ¿mereció la pena luchar?