21/10/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Habíamos
aceptado que el fútbol tenga errores porque quienes lo practican y lo juzgan
son humanos. Lo que cuesta admitir es que, con más medios que nunca para
aclarar las jugadas, la sensación de indefensión no haya desaparecido. Todo lo
contrario. Te gritan a la cara: ¡Manos arriba, esto es un atraco… Y lo sabes!”
Mientras España, que es
lo trascendental, se va al guano, permítanme una reflexión personal. Aunque
creo hablar en nombre de una parte importante de lo más sano del fútbol, sus
aficionados. Los que pagan su abono, se dejan la garganta en la grada, discuten
los lunes en el trabajo y organizan la vida alrededor de “su” escudo. Esa gente
que, pese a los disgustos, siempre está.
Me entretengo hoy en
algo aparentemente secundario: el fútbol. Y digo aparentemente porque, para
algunos, el fútbol no es solo un deporte, el Sevilla no es solo un club. Es
memoria, abuelos, padres, hermanos, tíos, hijos, nietos, sobrinos… es
identidad, son abrazos, decepciones, llantos de alegría y de sufrimiento. Una
manera de entender la vida. Y cuando te pisotean todo eso durante años, llega
un momento en el que hasta el más fiel se pregunta si merece la pena continuar.
El año que viene, si
Dios lo estima procedente, cumpliré cincuenta años como socio del Sevilla
Fútbol Club, aunque el sentimiento se remonte un lustro más allá. Medio siglo
de sevillismo. Medio siglo de lo ya dicho: satisfacciones, amarguras, viajes,
finales, derrotas dolorosas y victorias inolvidables. Medio siglo viviendo unos
colores que no se eligen por conveniencia, sino porque se llevan dentro,
incluso cuando te llevas más disgustos que satisfacciones.
Y, sin embargo, ha
llegado un momento que jamás pensé que anunciaría: me retiro del fútbol.
No me retiro del
Sevilla porque haya dejado de quererlo. No me retiro porque el equipo pierda,
porque no juegue como antes o porque tres temporadas se tuerzan. El sevillismo
está acostumbrado a sufrir. Lo que no puede exigírsele al aficionado es que,
además de sufrir por su equipo, acepte que se rían de él en su propia cara.
Porque ya no se trata
únicamente de lo que ocurre sobre el césped. Se trata de lo que sucede
alrededor, de una maquinaria que supuestamente llegó para garantizar la
justicia deportiva y que ha terminado convirtiéndose en una fuente
permanente de sospechas, indignación y desconfianza.
El domingo, a las nueve
y veintiocho de la noche, cuando el Sevilla empataba en La Castellana, abandoné
toda posibilidad de seguir siendo futbolero.
Lo ocurrido en el
Santiago Bernabéu -que desde la grada emocional del aficionado sevillista se
vivió como un nuevo episodio de videoarbitraje incomprensible a sumar a las
decenas de mangazos sufridos en esa Cueva de Alí Babá- ha sido la gota
que ha colmado el (mi) vaso.
Al parecer no fue una
jugada aislada, porque he leído que después llegaron otras. Con la primera tuve
suficiente para cambiar de canal y decirme: ¡hasta aquí! No es un enfado
pasajero. Es la acumulación de demasiadas tardes en las que uno lleva tiempo preguntándose
si las reglas son iguales para todos o si hay equipos que juegan con una red
de seguridad de la que otros ni siquiera disponen.
Hasta la llegada del
VAR -en mis narices- se equivocaban, o me engañaban, tres personajes vestidos
de negro sobre el césped. Entonces podía enfadarme y maldecir al árbitro. Pero
al menos existía una explicación sencilla con la que nos consolaban / consolábamos:
el colegiado no lo había visto, había interpretado mal la jugada o había
cometido un error humano. Dolía, pero se asumía.
Desde la llegada del
videoarbitraje, mi cuenta particular de responsables de este espectáculo
circense se ha acrecentado. Ya no son tres. Son treinta y tres, o trescientos
treinta y tres, si a los árbitros de campo sumamos los de la sala VOR, los
responsables de los distintos estamentos, las cámaras de televisión y los
realizadores que deciden qué imágenes se ofrecen (o no), desde qué ángulo y en
qué momento.
Antes, el error podía o
debía ser entendido como humano; ahora, cuando tienes todas las imágenes y
todas las herramientas a tu disposición, resulta mucho más difícil pedirle al
aficionado que comulgue con ruedas de molino. Para mí ya resulta imposible.
El VAR nació con una
promesa: corregir errores claros y manifiestos, ayudar al árbitro y aportar
justicia al fútbol. Nadie sensato debería oponerse a eso. El problema aparece
cuando una herramienta concebida para reducir las injusticias se convierte,
a ojos del aficionado, en un nuevo motivo de frustración y de engaño
colectivo. Así ocurre cuando unas jugadas se revisan con lupa mientras sobre
otras parecen pasar de puntillas; cuando una decisión se explica con una
interpretación y la siguiente, aparentemente igual, se resuelve justo al
contrario.
Es entonces cuando
surge el interrogante: para qué sirve tanta tecnología si el resultado final
sigue siendo la desconfianza.
Dicen que le pasó algo
semejante al Betis el día anterior en La Cartuja, según la percepción del
aficionado neutral. No hace falta compartir colores, rivalidades ni
sentimientos para reconocer una frustración que atraviesa las gradas de la
mayoría de los estadios. Hoy le toca a uno; mañana, a otro. Y pasado mañana, a
cualquiera que no consiga entender por qué una jugada, video en mano, se juzga
de manera diferente por las docenas de profesionales que “comen de esto” a
nuestra costa.
Porque esa es la
cuestión: esto no va solamente del Sevilla, aunque sea mi pasión. Va de todos
aquellos que todavía creen que el fútbol debe ser una competición en la que las
reglas se apliquen con la misma exigencia, independientemente del escudo que
luzca cada futbolista.
El VAR ha venido,
disculpen la opinión, para (suavemente) llamar ingenuos a los aficionados a la
cara. Y yo, que lo he sido durante más de medio siglo, prefiero retirarme con
la cabeza alta mejor que seguir formando parte de quienes, con todo su amor y sentimiento,
aceptan cualquier tropelía con tal de seguir viendo jugar a su equipo.
¡Honor a todos ellos!
Que nadie confunda la
fidelidad con la resignación. Ser aficionado no significa renunciar al sentido
crítico. Pagar un abono -en ocasiones con gran sacrificio- no convierte a nadie
en marioneta del capricho ajeno. Y amar un escudo no obliga a guardar silencio
cuando uno cree que se está cometiendo una injusticia.
Durante años hemos
soportado que nos llamen apasionados, que aseguren que no entendemos
las reglas (“que ellos tan bien conciben”) o que vemos fantasmas
donde solo hay decisiones arbitrales. Habíamos aceptado que el fútbol tiene
errores porque quienes lo practican y lo juzgan son humanos. Lo que cuesta
admitir es que, con más medios que nunca para aclarar las jugadas, la sensación
de indefensión no haya desaparecido. Todo lo contrario. Te gritan a la cara:
¡Manos arriba, esto es un atraco… Y lo sabes!
Mientras tanto, los dos
clubes españoles más beneficiados históricamente por el reparto de atención,
poder mediático y capacidad de influencia, siguen expresando sus “quejas”,
presionando a los estamentos y protagonizando un debate arbitral que parece no
tener fin. Cada cual defiende sus intereses, como es lógico, pero, desde la
opulencia, lo hacen rayando el insulto a la gente del común. De manera
que cabe preguntarse qué espacio queda para los demás cuando ambos paquidermos
convierten sus reclamaciones en asunto permanente de la competición.
¿Quién escucha al
aficionado que lleva cincuenta años pagando su carné? ¿Quién defiende al socio
que no tiene una televisión, un micrófono ni una sala de prensa para explicar
su indignación? ¿Quién le devuelve la confianza a los que abandonan los estadios
pensando que el partido ya no depende exclusivamente de lo que hagan los
jugadores sobre el césped?
El fútbol profesional
ha olvidado que su razón de ser no está en los despachos, las retransmisiones,
los comunicados ni las guerras entre dirigentes. Está en la gente. En el niño
que acude por primera vez al estadio con su padre y de la mano del abuelo. En
el padre que, recién intervenido y aún con los puntos quirúrgicos, atraviesa
España en tren para ver una final. En la madre que guarda las entradas y
fotografías de los partidos importantes. En el tito que hacía aportaciones para
culminar el estadio. En el abuelo que vio jugar a varias generaciones y
repartía optalidones cuando el Sevilla perdía. En los hijos a los que
desde la cuna inoculaste este bendito veneno. En la hermana que lo sigue
por televisión junto a los hijos de sus hijos… que se marchan al estadio. En el
socio que lleva medio siglo o dos años sin abandonar su localidad.
Esa es la única
parte sana del fútbol. La que no vive de él, sino que vive para él.
Y esa parte merece algo
más que explicaciones técnicas, comunicados de circunstancias y debates
interminables sobre si una imagen demuestra una cosa o la contraria. Merece
reglas claras, decisiones coherentes y la tranquilidad de saber que, cuando
termine el encuentro, podrá discutir sobre fútbol sin sentir que está
participando en una tragicomedia cuyo desenlace se decide en una oficina de Las
Rozas y casi siempre a favor de los mismos.
Por eso mi despedida no
es una rabieta. Es una decisión meditada, aunque haya terminado de tomarla a
las nueve y veintiocho de la noche del pasado domingo. Estoy seguro que el
fútbol no va a echarme de menos. A ciencia cierta, a sus dirigentes les resultará
indiferente que un socio ya sesentón deje de consumir partidos. Pero yo sí sé
lo que pierdo: una parte de mi identidad, una costumbre y una pasión que me han
acompañado durante toda mi vida.
Lo que ya no estoy
dispuesto a perder es la dignidad de sentirme burlado y, encima, tener que
justificar mi enfado.
El año que viene ansío
celebrar esos cincuenta años como socio del Sevilla FC. Quisiera hacerlo con
orgullo, recordar todo lo vivido y pensar que he tenido la fortuna de
pertenecer a una afición extraordinaria. Pero no quiero que esa efeméride se
convierta en una condena a perpetuar una relación que ha dejado de hacerme
feliz por culpa de esos terceros, ajenos a nuestro sentimiento, que han metido
cizaña en nuestra relación.
No sé si el fútbol
cambiará. No sé si algún día el VAR recuperará la confianza de quienes hoy
lo miramos con recelo. Tampoco sé si quienes gobiernan este negocio
comprenderán que una competición sin credibilidad termina devorando aquello que
la hace grande. Dudo mucho que todo eso ocurra.
Lo que sí sé es que la
decisión está tomada. Me voy con mis recuerdos, con mis colores y con la
tranquilidad de haber sido fiel al Sevilla incluso cuando más difícil
resultaba. Me jubilo del fútbol sin renegar de mi equipo, sin avergonzarme de
haber creído ingenuamente en los estamentos y sin pedir permiso para dejar de
participar en algo en lo que ya no me reconozco.
El domingo, a eso de
las nueve y media, Bernabéu mediante, dejé de ser futbolero.
¿Sevillista?, eso es
otra cosa. Eso no se jubila.


.jpg)

.jpg)
