10/08/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
«Cambian
los protagonistas según el caso, pero el desenlace político parece inmutable.
Nunca falla el comunicado (a posteriori). Nunca falla la explicación (si llega
a darse). Nunca aparece un responsable político entonando el mea culpa: “Nos
equivocamos”»
Con motivo de la IN-VA-SIÓN de Ceuta, en
un nuevo ejercicio de equilibrio progre entre la explicación zopenca y la
excusa de mastuerzo, el Gobierno de España ha vuelto a reeditar la teoría
del “nadie podía imaginarlo”. Según la versión oficial, los avisos no
hablaban de un escenario de “semejante magnitud”, así que, naturalmente, “no
había motivos para adelantarse a los acontecimientos”.
La de estos personajes es una doctrina
fascinante: “si la realidad supera la previsión, la responsabilidad
desaparece”. Impasible el ademán...
Sin embargo, saben aplicar la teoría
contraria y selectivamente. Cuando la DANA arrasó la Comunidad Valenciana,
además de La Mancha y el oeste andaluz, las alertas meteorológicas advertían de
un episodio de lluvias extremas, aunque nadie, ni la AEMET, anticipó que
podrían acabar registrándose cantidades muy superiores a las anunciadas y
aunque nadie, ni la Confederación Hidrográfica del Júcar, predijera el
desbordamiento de cauces y barrancos, el del Poyo entre ellos, del que se
informó dos horas antes que su caudal descendía. Si el criterio ahora conocido
se aplicara a aquella catástrofe resultaría que el aviso solo obligaba cuando
acertara hasta el último litro por metro cuadrado, motivo por el que no
habría que exigir responsabilidades, ¿O no Mazón?
Ahora se afirma que los servicios de
inteligencia no alertaron de una situación comparable a la finalmente vivida en
Ceuta. Quizá sea cierto que nadie describió exactamente lo que acabaría
ocurriendo. Igual que una previsión de fuertes lluvias no puede adivinar los
centímetros cúbicos exactos que caerán sobre una superficie. Igual que los
informes de los maquinistas no pueden asegurar el momento exacto en que se
rompa una vía, como diría el primer alcalde de Atapuerca tuit mediante.
Pero la función de un gobernante no
consiste únicamente en reaccionar cuando la catástrofe hace acto de presencia,
sino en prepararse para escenarios calamitosos cuando existen señales de
riesgo. Porque si los políticos solo actúan cuando el desastre ya es una
certeza absoluta, entonces ya no hablamos de prevención, sino de retirada de
lodos, en un caso, de infraestructuras paralizadas durante meses, en otro, de
acogimiento de miles de personas y de saturación de los servicios públicos, en
el último y de muchos -demasiados- muertos en ambos casos.
Momentos todos en los que relumbra la
incapacidad de manera tan redundante como difícil de ignorar: la gestión de la
pandemia, el apagón, los incendios, los accidentes ferroviarios, las crisis de
seguridad… episodios en los que se cuestiona no tanto el hecho en sí como la
respuesta institucional. Cambian los protagonistas según el caso, pero el
desenlace político parece inmutable. Nunca falla el comunicado (a posteriori).
Nunca falla la explicación (si llega a darse). Nunca aparece un responsable
político entonando el mea culpa: “Nos equivocamos”.
La responsabilidad política se ha
convertido en una especie protegida. Todos los problemas tienen autor, excepto
cuando el autor se sienta en el consejo de ministros portando con orgullo, no
ajeno de carácter, la Cartera de la Responsabilidad Ajena.
Siempre habrá un informe insuficiente,
una alerta incompleta, una administración anterior a la que culpar, una
competencia compartida, un enemigo invisible o una circunstancia
extraordinaria. Lo extraordinario, en realidad, es encontrar una ocasión en la
que alguien asuma personalmente las consecuencias de su mala/pésima gestión.
Mientras tanto, la maquinaria de
comunicación continúa funcionando a pleno rendimiento. Las ruedas de prensa
llegan puntuales. Las campañas institucionales son impecables. Las
videoconferencias muestran buena iluminación. Las fotografías revelan gran actividad.
Y, si la realidad resulta incómoda, siempre quedará el nuevo y ya tan viejo
recurso del “nadie podía preverlo”.
Quizá algún día la responsabilidad
política deje de ser un concepto decorativo y vuelva a significar lo que su
nombre indica: responder por las decisiones tomadas e, igual de importante,
por las que nunca llegaron a tomarse.
Ojalá que nunca llegue, pero la próxima
crisis, con estos mangutas al mando, ya tiene redactado el primer
párrafo del comunicado oficial: “Los avisos no indicaban una situación de esta
magnitud”.
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