23/10/26. Mi
colaboración de ayer en Sevillainfo
“Porque una cosa
es defender la presuntuosa supremacía de la política catalana sobre la
española, como aseguraba Rufián, y otra devenir en El Cid Campeador del rojerío
patrio”
Tras ofrecerse a liderar el proyecto y
fracasar definitivamente el pasado viernes en las negociaciones para formar una
candidatura conjunta de todos los comunistas que en España son, el portavoz de
la izquierda republicana y catalana asumió públicamente su responsabilidad: “He
fracasado. Hemos fracasado”. Su objetivo era conseguir que los partidos
superasen sus diferencias y evitar el perjuicio de la fragmentación electoral.
Al Gabriel Rufián, discípulo del certero
terminator Luis Companys, convendría hacerle tres preguntas, sin
discursos interminables ni artificios retóricos:
Primera.- Once años
después de aterrizar en Las Cortes definiéndose como republicano, de
izquierdas e independentista y asegurando que en dieciocho meses, una vez
proclamada la República Catalana, volvería a Cataluña, ¿qué ha pasado para
intentar liderar al conjunto del comunismo español?
Segunda.- También, once
años después de que, en plena campaña de EH Bildu en 2016, describiera el ser
independentista como “un vehículo para tener un país decente”, ¿qué ha
sucedido para acabar preocupándose por los andaluces de Jaén más que por los pagesos
de Les Garrigues, cuando no hay color entre esas denominaciones de origen
del preciado aceite de oliva?
Y tercera.- Doce años
después de presentar a Súmate como el mejor antídoto contra el “discurso
unionista y tramposo de Podemos”, y habiendo llegado a comparar a Pablo
Iglesias con Alejandro Lerroux (el dirigente antinacionalista de la Segunda
República), ¿qué ha pasado para acabar en los brazos estatistas de
Irene Montero?
Aquellas palabras, en aquellos momentos,
sonaban a promesa de una llegada rápida de la república catalana, en un
desprecio de todo lo español, pero los actuales comportamientos funcionan como
la clave para entender todo lo que vino después: indultos, amnistías, cesiones
de competencias, transferencias millonarias… y todo lo preciso hasta dejar
colgando y escuálida (Guerra dixit) la guitita del entramado
constitucional, ya sin chorizo que sustentar.
Durante años, el
charnego-independentista ha defendido la política propia catalana sin
importarle una higa cualquier ultraje al resto de España. Ese discurso, que
sirvió desde el principio para alimentar agravios, justificar reivindicaciones
y presentar las relaciones entre territorios como un enfrentamiento inmutable,
ha continuado para obtener millonarias prebendas de Pedro Sánchez a cambio de
infames votos para mantenerlo de presidente.
Las relaciones entre el Estado y la
Comunidad Autónoma de Cataluña siempre han sido complejas y merecen ese debate
serio que nunca llega, basado en cifras, criterios políticos e históricos y
absoluta transparencia, lo que desembocaría necesariamente en un reconocimiento
de igualdad con los restantes territorios. De ahí su imposibilidad, porque una
cosa es defender la presuntuosa supremacía de la política catalana sobre la
española, como aseguraba Rufián, y otra devenir en El Cid Campeador del rojerío
patrio.
Por eso, las preguntas a Rufián no
acaban en si se puede negociar con el Gobierno de España, ni si tiene derecho a
defender sus posiciones independentistas. Empiezan y terminan en si mantiene
sus afirmaciones anteriores y cómo las concilia con sus alianzas actuales.
Si ha cambiado de opinión, no lo ha
explicado suficientemente. Si mantiene el mismo diagnóstico, que aclare cómo
encaja en su nueva estrategia política. La coherencia no consiste en no cambiar
nunca, sino en dar explicaciones cuando se cambia de posición y,
principalmente, cuando tales explicaciones puedan ser entendidas por los
medianamente inteligentes.

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