05/10/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
(Mañana
lunes, amado pueblo, os bombardearán con la decisión que he tomado y que os doy
en primicia hoy)
Queridos socialistas y
socialistos (incluyo, con las correspondientes disculpas, a catalanes y
catalanas). En estos momentos trascendentales, os envío mi segunda misiva tras
reflexionar unos días a vuestra costa:
Ya en abril de 2024
descubrí las posibilidades terapéuticas de desaparecer unos días mientras todos
especulabais sobre mi futuro. ¡Dais pena… pero sois así!
Me divertí tanto que he
decidido reincidir en la fórmula. Esta vez, inspirándome en mi homólogo Carlos
V, he buscado un retiro sobrio, austero y alejado del mundanal ruido: Yuste.
Con una pequeña
diferencia: al contrario del gantés, que apenas contaba con un reloj
rudimentario, este emperador cuenta con tres móviles, más los dos de Bego,
cinco plasmas, varias televisiones masajeándome y un equipo de asesores
monitorizando 24/7 todos mis delirios que, como diría mi especialista, no son
pocos.
Sabéis que, según
fuentes bien informadas, desde mi retiro contemplo la posibilidad de dimitir o
de convocar elecciones. ¡Jo, jo! Perdón.
Inevitablemente, en
estos momentos pongo todos mis pensamientos en el viejo emperador, aunque con
algunas diferencias históricas. Él abdicó y se vino aquí. Yo me retiro para
haceros creer que vengo a pensar si me marcho mientras permanezco en el poder.
Es, en cierto modo, una
versión contemporáneamente sanchista de la abdicación: abdicar de la
decisión de abdicar. Ya os lo adelanto, mis queridos hooligans.
Como bien sabéis los
inquilinos de las Casas del Pueblo, yo no conjugo el verbo dimitir, pero hay
una cuestión que me preocupa especialmente: las elecciones. No por el
resultado, que eso parece garantizado, según me certifican embajadas y
consulados de las Indias. Lo que verdaderamente me preocupa es el calendario.
Porque, como cualquier estratega electoral sabe, convocar elecciones no
consiste simplemente en decir “convoco elecciones”. Hay que mirar fechas,
padrones, circunstancias y, sobre todo, a quién demonios metemos en el censo,
importándome un carajo una higa todo lo demás.
Os cuento en primicia:
todo estaba decidido hace un par de semanas, hasta que los fachas del Supremo
vinieron a suspender cautelarmente la inscripción en el CERA de los millones de
españoles que he recolectado en Hispanoamérica. Tan españoles como tú y como
yo, conocedores de nuestra Historia mejor que un bachiller actual, lo que por
otra parte no es difícil.
Y, claro, al lograr
llenar las calles de titiriteros y chiripitifláuticos, me surgió una
duda razonable: ¿convocar ahora? ¿Con españoles que todavía no saben si podrán
votar o no? Pero, tranquilos, os brindo la respuesta anticipada: ¡Pero estamos
locos! No, no, no. De ninguna manera, entendedme: ¿Quién aprobaría que, después
de haber ampliado el censo con la ley de nietos, me vaya a presentar a unas
elecciones con el censo en obras y paralizado?
Os revelo también que
me desternillo desde este retiro, contemplando con satisfacción el espectáculo:
oposición, gobierno, tribunales, tertulianos, constitucionalistas, juristas y
hasta vosotros mismos haciendo apuestas electorales. Todos esperando mi
decisión: todos, todos. ¡Empátame eso, Carlos! (Disculpad que me dirija al
emperador en medio de nuestra conversación).
Sí quiero confesaros
que sigue provocándome especial hilaridad preocupación en este retiro
presidencial el asunto de la vivienda y, especialmente la situación de la
inquilina burguesa desahuciada, Maricarmen. Os reconozco que, sin mover
un músculo durante mi reinado gobierno, el problema ha ido creciendo
hasta convertirse en la principal de las preocupaciones de los españoles. Y
ahora, que mediante dos decretos leyes en 72 horas, me ha dado por afrontar la
situación, ya sabéis el resultado: Carles, el de Waterloo, me ha puesto mirando
pacuenca, motivo de mi retiro extremeño de este finde.
Menos mal que estáis
ahí, mis amados súbditos incondicionales, dispuestos a manifestaciones y
protestas en un revolutum de alaridos de jóvenes, inquilinos y pensionistas,
alrededor de alquileres, precios y propietarios.
Mientras escucho los
pajarillos en este monasterio que me pagan los españoles con sus impuestos, no
tengo más remedio que seros leales y, a modo de confidencia, deciros: “Me tiro ocho años tocándome los cojones
trabajando con respecto a los problemas de la vivienda y ahora vienen mis perroflautas
y titiriteros sectarios partidarios para tirarse a las calles y darme la
razón”. Sois un encanto.
A estas alturas, ya me
conocéis, no reflexiono sobre si dimitir o convocar elecciones, sino sobre cómo
hacer que parezca que estoy reflexionando sobre dimitir o sobre si convocar
elecciones. Aunque me lo ponéis fácil, mi querido ganado lanar.
De vez en cuando,
alguno de los 85 asesores que me he traído, responden a mi pregunta, que repito
cada veinte minutos:
“—¿Qué dicen el pueblo
y los medios de la fachosfera?
—Que está usted
reflexionando.
—¿Y sobre qué dicen que
estoy reflexionando?
—Que probablemente está
usted pensando en dimitir o en convocar elecciones.
—¿Y si no dimito?
—La noticia será
recibida con enorme sorpresa por nadie.
—¿Y si no convoco?
—Entonces dirán que lo
de la reflexión era otra estrategia”.
Lógicamente, esto solo
me da pie para seguir rumiando y cavilar, mientras me hincho de falsa vanidad:
“Una España que pide vivienda, una oposición que quiere elecciones, unas Cortes
que me flagelan, un Supremo que quiere acabar con el derecho de mis panchitos
al voto… Y un país entero esperando al lunes para saber qué hará el emperador
presidente Pedro Sánchez, o sea yo”.
Y vosotros tenéis el
enorme privilegio de saberlo un día antes: mientras oteo el horizonte y una
cigüeña cruza el cielo extremeño, dedico un instante a hacer como el que se
pregunta: ¿Dimitir yo? ¿Convocar elecciones yo?
—No tengo cojones.
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