27/10/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Lo
suyo es ubicuidad administrativa en concomitancia con insolente desfachatez,
más conocido como cara de pedernal”
—Buenos días, doña
Yolanda. Siéntese… si puede.
—¿Cómo que si puedo?
¡Eso es una obscenidad!
—No,
no, no. En ese caso, tiéndase mejor.
—Yo
me voy. Esto es un acoso de libro.
—No,
no, no. Serénese. Soy un profesional. Es que me ha dicho don Pedro que
últimamente está usted en todas partes.
—Naturalmente.
Soy vicepresidenta, ministra, líder de Sumar, portavoz de la coalición y
conciencia crítica del Gobierno.
—¿Todo
a la vez?
—Por
supuesto y, si hace falta, en dos o tres sitios alamismavé, como decía
don Manuel, que en paz descanse.
—Ah.
Entonces su jefe no exageraba cuando me habló de su don de la ubicuidad.
—¿Mi
qué?
—Su
capacidad para estar simultáneamente dentro del Gobierno, fuera del Gobierno,
contra el Gobierno y reclamándole cosas al Gobierno.
—No,
no me refiero a eso. Ha dicho “su jefe” y, yo, el único jefe que tengo es el pobo
galego. Y no es ubicuidad. Es capacidad de coordinación política. Soy mujer
y puedo hacer más de dos cosas a la vez.
—Claro…
coordinación política… ¡ya! Ese fenómeno por el que una persona puede ocupar un
ministerio y, cinco minutos después, manifestarse contra el ministerio que
ocupa.
—Yo
no me manifiesto contra mí misma.
—Eso
es lo que diría alguien que acaba de convocar una protesta, entre otras cosas
menos entendibles, contra la precariedad laboral.
—Mire,
yo estoy perfectamente. El problema lo tiene el Gobierno.
—¿Qué
Gobierno?
—El
Gobierno.
—¿El
Gobierno del que usted forma parte?
—Sí.
—¿Como
vicepresidenta?
—Sí,
aunque ya menos.
—¿Y
ministra de Trabajo?
—También.
Y de Economía Social, no lo olvide.
—¿Y
líder de una formación que reclama medidas al Gobierno?
—Exactamente.
—Fascinante.
Está usted dentro del Gobierno con una parte de su personalidad y fuera con la
otra.
—Eso
se llama pluralidad y no renunciar a ningún papel.
—En
psiquiatría política lo llamamos “ajomari” y en psiquiatría clínica bilocación.
—Pedro
me ha recomendado venir porque él tampoco entiende la dinámica de la izquierda.
—¿Qué
le ha dicho exactamente?
—Que
si hay que ir contra el Gobierno, vamos contra el Gobierno.
—¿Y
usted aceptó?
—Por
supuesto.
—¿Y
contra qué Gobierno?
—Contra
el de Pedro.
—¿Y
usted dónde está?
—En
el Gobierno.
—¿Y
Sumar?
—En
el Gobierno.
—¿Y
su despacho?
—En
el Gobierno.
—¿Y
su sueldo?
—También.
—Entonces,
tranquila, lo suyo no es bilocación. Simplemente, tiene usted un don extraordinario:
puede estar en el Gobierno y protestar contra él sin moverse del sitio, todo
ello por la pasta.
—Eso
es un insulto. Es eficiencia institucional.
—Lo
suyo es ubicuidad administrativa en concomitancia con insolente desfachatez,
más conocido como cara de pedernal. Usted no necesita desplazarse: le basta con
cambiar de comunicado a su conveniencia.
—No
me gusta el tonito, ni esa calificación.
—No
es una calificación. Alégrese. Es un diagnóstico y no necesita medicación, solo
vergüenza.
—Mucho
mejor entonces.
—Vamos
a otro asunto. Después del desahucio de Maricarmen, desde Sumar se reclamaron
públicamente soluciones al PSOE y al Gobierno.
—Porque
había que actuar.
—Naturalmente.
¿Y quién gobierna?
—El
Gobierno.
—¿Y
quién forma parte del Gobierno?
—El
PSOE.
—¿Y
quién más?
—Bueno,
Sumar también.
—¿Y
quién reclamaba medidas?
—Sumar.
—¿Y
quién podía aprobarlas?
—El
Gobierno.
—¿Y
quién estaba dentro del Gobierno?
—Sumar.
—Yolanda,
acaba de completar usted un círculo perfecto.
—¿Qué
círculo?
—El
de pedirle al Gobierno que haga algo mientras usted, desde el Gobierno, espera
que el Gobierno se lo pida a usted.
—Eso
es una interpretación maliciosa.
—No,
es una reunión del Consejo de Ministros vista desde fuera.
—En
el Consejo de Ministros nos sentamos alrededor de una mesa.
—¿Y
quién está enfrente?
—El
PSOE.
—¿Y
quién está a su lado?
—Sumar.
—¿Y
quién está en medio?
—Pedro.
—¿Y
usted dónde está?
—En
todas partes.
—No
me joda. Acabo de descartar la ubicuidad como mal grave.
—También
estoy en la mesa, en la rueda de prensa, en el comunicado y en la crítica
posterior.
—¿Y
en la solución?
—¿Solución
para qué?
—Por
ejemplo, para acabar con las maricarmenes en España.
—Las
ministras de Sumar hemos reclamado medidas porque la situación de Maricarmen
era inaceptable.
—Eso
es perfectamente comprensible.
—Entonces,
¿por qué me mira así?
—Porque
me pregunto si ellas también poseen el don de la ubicuidad aunque don Pedro no
me las haya enviado.
—¿Por
qué?
—Porque,
igual que usted, aparecen simultáneamente como ministras del Gobierno y como
reclamantes ante el Gobierno.
—Lógico.
Quieren soluciones.
—Podrían
haberlas solicitado en el Consejo de Ministros.
—Lo
hicieron.
—¿Y
qué pasó?
—Que
el Gobierno no nos echa cuenta.
—¡Otra
vez! ¿Y quién era el Gobierno en esa sala?
—Nosotras.
—¿Y
quién esperaba la respuesta?
—También
nosotras.
—Esto
ya no es terapia individual. Es una serie de ciencia ficción.
—¿Podría
ser más respetuoso?
—Lo
intento, pero cada vez que usted habla aparece en otra institución.
—¿Qué
deberíamos hacer, entonces?
—Una
terapia sencilla: en la próxima reunión, antes de exigir al Gobierno que actúe,
compruebe si usted está en la sala.
—¿Y
si estoy?
—Pregúntese
quién es.
—¿Y
si soy yo?
—Si
está a gusto, relájese y no anuncie que convocará una manifestación contra el
Gobierno de usted.
—¿Y
si no me gustan los acuerdos que se adopten?
—Entonces
pueden dimitir y salir a la calle a protestar contra el Gobierno.
—¡Eso
y nos vamos todos al INEM que tan bien dirijo! Eso sería absurdo. Para eso,
mejor acepto el puesto de máxima responsable de la OIT, por el que me embolsaré
TRESCIENTOS MIL EUROS ANUALES, aparte falcons, chóferes oficiales, residencia
de gañote, etc.
—Por
fin coincidimos.
—Doctor,
creo que Pedro tenía razón al mandarme aquí.
—¿Ve?
Primer síntoma de recuperación.
—¿Cuál?
—Ha
empezado a hablar de don Pedro en tercera persona.
—¿Y
eso qué significa?
—Que
todavía no ha asumido que cuando Pedro dice “el Gobierno”, también está
hablando de usted.
—Doctor…
—¿Sí?
—¿Cuánto
cuesta la sesión?
—Para
usted, nada.
—¿Por
qué?
—Porque
la paga el Gobierno.
—¡Perfecto!
—Aunque,
técnicamente, la paga usted, mejor dicho, el resto de españoles.
—¿Yo?
—Sí,
el contribuyente, usted, el Gobierno, la vicepresidenta, la ministra, Sumar y
hasta la oposición interna.
—¿Todo
eso soy yo?
—No
exactamente.
—¿Entonces?
—Tranquila,
no posee un don de la ubicuidad. Está usted en todas partes… menos en la
ventanilla de pagos.
—Nos
vemos el martes.
—¿Otra
vez?
—Sí.
Es el Consejo de Ministros.
—¿Y
vendrá sola?
—No
—¿Con
las ministras?
—No,
con todo el Gobierno.
—Perfecto.
Prepararé la sala grande.
—¿Para
una terapia de grupo?
—No.
Para una reunión de carad…, digo del Gobierno.
—¿Y
quién la preside?
—¡Qué
más da! El que la tenga más dura. Cualquiera de los veintitrés.

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