30/10/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“¿La
falta de presupuestos actualizados y adaptados a las necesidades tienen
repercusión sobre la vida de las personas?”
Dicen que ayer, desde
el centro de control de Atocha, tras la caída del sistema de seguridad LZB, un
técnico de Adif dio autorización a un maquinista para continuar la marcha sin
avisar que más adelante había un tren parado. Así que, de momento, es el ministro
quien ya apunta al error humano como el causante de la última tragedia
ferroviaria y casi da por sentado que ése es el final del asunto, cuando en
realidad nos sitúa en el principio del problema.
El
sistema LZB, ya antiguo, está en funcionamiento desde 1992 en la primera línea
española de alta velocidad Madrid-Sevilla, mientras el resto funciona con el
estándar europeo ERTMS.
Dicen,
también, que se han invertido 700 millones en la renovación integral de esa
línea, que han debido ir a vías, desdoblamientos, estaciones, etc., pero parece
claro que no han llegado a lo más fundamental de la circulación, la
señalización y la seguridad.
Paralelamente, viene a
cuento recordar que los Presupuestos Generales del Estado (PGE) son el plan
económico del Gobierno para cada año. En ellos se prevé cuánto dinero
ingresará el Estado y cómo se distribuirá el gasto público, naturalmente
previo análisis de las necesidades.
Los
PGE, disculpen la obviedad, sirven para financiar los servicios públicos,
como la sanidad, la educación, las pensiones, la dependencia y las
infraestructuras estatales; distribuir los recursos públicos, decidiendo
qué partidas reciben más o menos dinero; establecer prioridades políticas y
económicas, como invertir en vivienda, mantenimiento de
infraestructuras o reducción del déficit y, finalmente, controlar el
gasto público, ya que permiten al Parlamento examinar y aprobar las cuentas
del Estado.
La Constitución
española no solo establece que el Gobierno elabora los presupuestos, sino
que también le obliga a presentarlos ante las Cortes Generales, órgano que,
posteriormente, los examinarán, enmendarán, rechazarán o aprobarán.
Los últimos
presupuestos, los de 2023, fueron aprobados en 2022, ya en la anterior
legislatura. Desde entonces, no es que no se hayan aprobado nuevos
presupuestos, sino que en toda esta legislatura que finaliza, para los
ejercicios de 2024, 2025 y 2026, el gobierno no ha llegado a presentar un
nuevo proyecto de PGE en el Congreso, como le es obligado por la Constitución.
Ya lo advirtió el jefe
de la banda que nos gobierna el 7 de septiembre de 2024: “Vamos a avanzar
con determinación, con o sin el apoyo de la oposición. Con
o sin el concurso del Poder Legislativo”.
En definitiva, lo importante es el Ejecutivo con el consiguiente desprecio de
los demás poderes.
Surge entonces la
pregunta: ¿hay diferencias entre aprobar los presupuestos o prorrogarlos? Algunas
hay y no son menores:
|
Aprobar presupuestos cada año |
Prorrogarlos años tras años |
|
Se adaptan los gastos a la situación económica
actual. |
Los gastos están referidos a una situación
económica del pasado. |
|
Se pueden modificar las partidas y establecer
nuevas prioridades. |
Apenas hay margen para introducir cambios sobre
las nuevas necesidades. |
|
El Parlamento debate y vota un nuevo proyecto
presupuestario. |
En la reciente legislatura, el Parlamento ni
siquiera ha recibido el proyecto. |
|
Facilita planificar nuevas inversiones y medidas
económicas. |
Dificulta o hace imposible la planificación de
nuevas actuaciones. |
|
Acrecienta la capacidad de adaptación a las
actuales necesidades |
Merma cuando no imposibilita la capacidad de
adaptación a las nuevas necesidades |
Desde ayer, el Adamuz de hace solo nueve meses parece pertenecer al Pleistoceno, a una época remota que creíamos superada, pero cuya tragedia vuelve a instalarse en nuestra memoria con una crudeza insoportable. Urda se convierte ahora en el nombre propio de otra desgracia que obliga a mirar de frente una pregunta incómoda: ¿cuántas tragedias hacen falta para que el mantenimiento de las infraestructuras deje de ser una cuestión secundaria en la agenda política? Porque detrás de cada accidente hay víctimas, familias destrozadas y una sociedad que tiene derecho a exigir explicaciones.
¿La falta de
presupuestos actualizados y adaptados a las necesidades tienen repercusión
sobre la vida de las personas? Pues naturalmente: su ausencia plantea un
problema que ningún Gobierno debería minimizar.
No solo, pero en
particular las inversiones en conservación, modernización y seguridad no pueden
quedar subordinadas a los cálculos parlamentarios, a la comodidad política ni a
la espera indefinida de acuerdos que nunca llegan. Cuando las administraciones
no priorizan adecuadamente aquello de lo que dependen la seguridad y la vida de
los ciudadanos, la responsabilidad política adquiere una dimensión que
trasciende las cifras y los discursos.
Porque la grandeza de
un país no puede medirse solo por sus grandes anuncios, sus promesas
electorales o sus cifras macroeconómicas, sino también y sobre todo por la
seguridad con la que sus ciudadanos pueden desplazarse y confiar en los
servicios públicos. Adamuz fue una advertencia que todavía pesa sobre la
conciencia colectiva; Urda es ya el más sublime de los recordatorios de que las
tragedias no pueden despacharse con minutos de silencio, declaraciones solemnes
y promesas de investigación. Las víctimas merecen verdad, las familias merecen
justicia y la sociedad merece explicaciones concretas y ciertas.
Si hubo negligencia,
debe esclarecerse; si fallaron los controles, deben corregirse; y si las
decisiones políticas contribuyeron al deterioro de la seguridad, sus
responsables deben rendir cuentas. La prevención no es un gasto prescindible ni
una promesa aplazable: es una obligación pública cuyo incumplimiento debe tener
un coste no sólo político, sino claramente enfrentado al Código Penal.
Lección de Economía
resumida para Pedro, el doctor-economista, y para Óscar, el mantenedor
de infraestructuras. A ver si se enteran:
Los PGE sirven para
decidir cómo se recauda y se gasta el dinero público. Aprobarlos cada año
permite renovar y debatir esas decisiones; prorrogarlos un año sí y otro
también, solo da para mantener la actividad del Estado, pero prolonga un marco
presupuestario antiguo, no actualizado a las nuevas realidades y, entre
ellas, destaca especialmente la obligación fundamental del Estado de proteger
la vida de sus ciudadanos.
La prórroga, claro que
es legal y evita que la Administración se paralice por completo, pero está
concebida como una solución transitoria hasta que se aprueben nuevos
presupuestos que contengan las necesidades actualizadas; y no, no es una simple
renovación anual de las cuentas, como nos ha querido vender este gobierno.
Una prórroga
presupuestaria aislada no es un crimen en sí misma, pues garantiza la
continuidad de los servicios públicos más inmediatos, pero tampoco debería
convertirse en una excusa para aplazar indefinidamente las decisiones que
afectan, entre otros asuntos, a la seguridad, el mantenimiento de las
infraestructuras y la inversión necesaria.
¿Es un castigo para los ciudadanos vivir entre presupuestos prorrogados y promesas incumplidas, o es directamente un crimen consecuencia de la incapacidad para alcanzar acuerdos de un gobierno solo preocupado por permanecer una semana más en el machito?

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