22/09/26.
Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Nada
mejor que una mañana en la playa del Trampolín, o en cualquier otro rincón de
la ciudad donde hubieran palpado de primera mano que Ceuta no es un concepto
abstracto formado por dos consonantes y tres vocales estampado en una camiseta”
No hay duda razonable
de que el Real de Madrid es el club más laureado del mundo y de los más
poderosos e influyentes de la historia del fútbol. Es, para millones de
personas, progres y anticapitalistas incluidos, una institución que representa
algo más que un simple club deportivo. Y precisamente por eso, porque su
proyección pública es enorme, conviene exigirle algo más que títulos,
comunicados y gestos institucionales de cara a la galería.
El Madrid ha pretendido
ser a lo largo de su historia referente de unos determinados valores. Como los
grandes clubes españoles, ha atravesado monarquías, república, dictaduras y
democracias. Su capacidad de adaptación en cada momento es ya parte de su dilatada
historia, pero también invita a una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente
ser “el club de todos los españoles”, como gusta de presumir a sus mandatarios
e incondicionales?
El episodio de Ceuta ha
puesto de manifiesto que una fotografía de su presidente con Vivas no es
suficiente para borrar de la memoria el reciente agravio: Tres jugadores del
Real de Madrid -Mbappé, Vinícius y Konaté- decidieron no mostrar íntegramente
la camiseta con el lema de apoyo a Ceuta durante el partido de la semana pasada
ante el Elche. El primero, además, quiso explicar posteriormente -sin éxito-
que su gesto pretendía expresar “también solidaridad con los inmigrantes y
otras personas que sufren”.
Florentino Pérez, que
resulta ser su presidente, respondió dos días después con una visita
institucional a Ceuta, acompañado por Pirri y Butragueño. El club, llamando
imbéciles a los españoles en la cara, sostiene que la visita llevaba
semanas preparándose y que no fue consecuencia de la polémica.
Fuera o no así, ¿qué
valor hay que darle a la visita?
El problema de fondo no
se arregla, como ha pretendido la central lechera, ni tratando de
desacreditar al FC Barcelona -y poniéndose a su altura- por “no haber
realizado gesto alguno de solidaridad” (sabiendo como todos sabemos que hay
gente de la que no se puede esperar nada bueno, porque nunca ha dado motivos
para esperar lo contrario), ni con una fotografía de Florentino y sus
acompañantes en el Salón de Plenos de la Asamblea de Ceuta. Tampoco con
grandilocuentes discursos sobre los valores del Real de Madrid que, por otra
parte, de ser ciertos, no habría necesidad de pregonarlos.
Un mensaje de verdadera
categoría a la sociedad y una lección para que estos futbolistas rebeldes
comprendan lo que está significando la invasión de la ciudad española, tendría
que haber pasado necesariamente por sacar a las estrellas de su burbuja millonaria
y del fango de su endiosamiento; por haber cogido el presidente a los tres
-metafóricamente- por las orejas y, tras aviso pertinente al entrenador, darles
a conocer la realidad de los ceutíes durante un día, no para humillarlos,
tampoco para castigarlos:
Nada mejor que una
mañana en la playa del Trampolín, o en cualquier otro rincón de la ciudad donde
hubieran palpado de primera mano que Ceuta no es un concepto abstracto formado
por dos consonantes y tres vocales estampado en una camiseta. Y por la tarde,
cada uno a casa de tres de sus vecinos elegidos al azar, a merendar, hablar y
escuchar. A conocer una familia ceutí, sus preocupaciones, cómo ha cambiado en
mes y medio su manera de vivir; sus miedos, sus orgullos y su relación
cotidiana con una frontera que, para tres futbolistas extranjeros que viven
entre hoteles, aviones, estadios y ciudades europeas, puede resultar tan lejana
como el planeta que creen habitar.
Una clase práctica en
la que sus tres figuras habrían descubierto que, detrás de aquella camiseta que
se negaron a exhibir, hay personas que lo están pasando muy mal y a las que
ellos, con su infame gesto, han ignorado cuando no vapuleado sentimentalmente.
Porque las estrellas
también tienen que ir a la escuela. Y, a veces, la mejor escuela no está en
Valdebebas. En este caso, está en las playas, las calles y las casas de Ceuta.
Esto sí habría sido madridismo entendido como orgullo y compromiso. Lo otro, el teatrillo de Florentino y sus adláteres, es madrilismo del ya habitual por estos lares.
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