martes, 29 de septiembre de 2026

Sánchez vuelve al diván: “Un estudiante de Harvard me hizo unas preguntas”

 



29/09/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo

 

‘Le expliqué que ya tomé medidas contra los corruptos de mi partido y que lo de mi esposa y mi hermano “es otra cosa”; ellos no son culpables’

 

— Hombre, don Pedro. ¡Cuánto tiempo!

— No sabe cuánto necesitaba volver a verle.

— A ver, la última vez estaba bastante alterado. Túmbese.

— Sí, fue después de los cuatro fachas que salieron a la calle por lo de Ceuta.

— Sí. Y fue incapaz de reconocerme que había españoles que se manifestaban sin que nadie los convocara desde Ferraz.

— Aquello fue un episodio aislado.

— Y desde entonces, ¿qué ha pasado?

— He viajado.

— Eso no es novedad. El Falcon tiene que pasar la ITV cada seis horas ¿Y ha viajado mucho?

— Internacionalmente, pero esta vez me he cogido el Airbus.

— Eso no responde a la pregunta.

— Pero mejora mi currículum.

— ¿Estados Unidos?

— Sí.

— ¿Qué tal la reunión con Trump?

— No, a ese no lo vi, mejor dicho: no quiere verme.

— ¿Y con quién estuvo entonces?

— Con el alcalde de Nueva York.

— Ah.

— Zohran Mamdani, socialista y musulmán.

— Ya, como Fátima Hamed en breve.

— Un encuentro magnífico. Dos líderes progresistas hablando de economía, vivienda, igualdad...

— ¿Y no asistió Trump a un encuentro de ese nivel?

— No estaba invitado.

— ¿A la reunión?

— A mi realidad política.

— Comprendo, va mejorando.

— Después fui a Naciones Unidas.

— ¿Y qué tal?

— Histórico.

— ¿Le ovacionaron?

— Digamos que no, pero hubo una gran movilidad diplomática.

— ¿Movilidad?

— La gente se levantaba y salía como si no le interesaran las palabras del nuevo líder mundial, aquí presente, aunque esté feo reconocerlo.

— ¿Salieron durante su discurso?

— Sí, tendrían que hacer sus necesidades. Si no, nadie lo entiende.

— ¿Tantos desaguando a la vez?

— Bueno... quedaron los justos para demostrar que España sigue siendo una potencia internacional.

— ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?

— Porque para que abandonen una sala durante tu discurso tienes que tener una audiencia, pedir permiso y… lo pidieron.

— Don Pedro...

— ¿Sí?

— Eso no es exactamente lo que significa dar una audiencia.

— Doctor, no empecemos con tecnicismos. El caso es que levantaron la mano como en el cole y les dimos la venia.

— ¿Y después?

— Un estudiante de Harvard me hizo unas preguntas.

— ¿Sobre sus políticas?

— No exactamente.

— ¿Sobre qué?

— Corrupción… mi esposa… mi hermano…

— ¿Qué más?

— Y Ceuta.

— ¿Y usted qué le dijo?

— Le expliqué que ya tomé medidas contra los corruptos de mi partido y que lo de mi esposa y mi hermano “es otra cosa”; ellos no son culpables.

— Bueno, su hermano ha sido condenado por la Audiencia de Badajoz.

— ¡Bah! Eso lo arregla mi Cándido sin necesidad de afeitarse.

— ¿Y eso fue todo?

— No. También le expliqué que la tecnooligarquía amenaza la democracia.

— Tecnooli… Bien ¿Y cómo se sintió después de todo eso?

— Me quedé con la sensación de que había ido a una conferencia y había terminado en una comisión de investigación.

— Y esa situación, ¿le puso nervioso?

— ¿Yo nervioso? No.

— Don Pedro…

— Bueno, un poco.

— ¿Cuánto?

— Lo suficiente para echar de menos una pregunta sobre cambio climático, que llevo dos meses preparada y no hay manera de largarla.

— Y, después, volvió a España.

— Sí.

— ¿Tranquilo, más relajado?

— Eso creía.

— ¿Qué pasó?

— Maricarmen.

— ¿Maricarmen?

— Una señora a la que habían desahuciado en aplicación de la ley de vivienda felipista.

— ¿Y qué hizo usted?

— Lo normal en mí.

— Recuérdeme que es lo normal.

— Nada. Lo de siempre: culpar a Ayuso y a Almeida. Bueno, sí, también condené el desahucio desde Nueva York.

— ¿Estaba en Nueva York todavía? ¿No dice que había vuelto?

— Sí, bueno, yo qué sé. No sé ni donde estoy ahora, ni si he venido en Falcon o en el Super Puma. ¿Dónde cojones estoy?

— En el diván, tranquilícese.

— Gracias.

— ¿Y de las competencias sobre vivienda…?

— Dije que era una tragedia social que no podíamos aceptar como país.

— Una frase contundente.

— Gracias.

— ¿Y solucionó usted el problema?

— No, pero ¡qué más puedo hacer!

— ¿Pero, al menos, lo condenó?

— Enérgicamente.

— Entonces hemos avanzado muchísimo.

— Eso pienso yo.

— ¿Y qué ocurrió después?

— Manifestaciones.

— ¿Otra vez?

— En varias ciudades.

— ¿Y esta vez contra quién?

— Contra el desahucio de Maricarmen.

— ¿Y qué sintió usted?

— Una sensación extraña.

— ¿Cuál?

— Que la gente se manifestaba sin haber recibido el argumentario de quién era el culpable.

— ¿Y quién lo era?

— Según Maricarmen, yo.

— ¿Usted?

— Eso dijo.

— ¿Y usted qué pensó?

— Que aquello era profundamente injusto.

— Ya, el desahucio.

— No, eso no, que me culpara a mí.

— Don Pedro...

— ¿Qué?

— Quizá el problema no sea que le culpen de todo.

— ¿Entonces?

— Quizá el problema sea que usted sea el problema.

— Eso es absurdo.

— En Nueva York habló usted de vivienda, en la ONU de derechos humanos, en Harvard de corrupción y tecnología.

— Sí, sí a todo.

— Y en España, mientras tanto, se encontró una manifestación alrededor de una señora que decía que es usted el responsable de su desahucio.

— Sí.

— ¿No ve un patrón?

— Claro.

— ¿Cuál?

— Que tengo una agenda internacional impresionante, que ya quisiera para sí Donald Trump.

— No.

— ¿Que la derecha me persigue? ¿Que los medios están obsesionados conmigo?

— Tampoco.

— ¿Qué, entonces?

— Más fácil: que quizá el mundo no gira alrededor de usted.

— Doctor...

— ¿Sí?

— ¿Podría repetir eso?

— Quizá el mundo no gire alrededor de usted.

— Un lápiz, necesito apuntarlo.

— ¿Por qué?

— Para incluirlo en mi próximo discurso: “La amenaza global de un mundo que no entiende a su líder.”

— Cita para la semana que viene, sin excusas, ni cumbres internacionales.

— ¿Tan mal me ve?

— No peor que otras veces.

— ¿Entonces?

— Es que dentro de siete días probablemente habrá habido otras manifestaciones.

— ¿Otra vez contra mí?

— No necesariamente.

— Ah.

— Ese es precisamente el aspecto que tenemos que trabajar, don Pedro.


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