12/09/26. Mi colaboración de ayer en Sevillainfo
“Resulta
que un periodista podría, o debería, ser socialista y criticar a Sánchez.
Podría ser progresista y discrepar de la amnistía. Podría votar a la izquierda
y considerar desastrosa una política concreta. Y, por supuesto, podría ser de
izquierdas y apoyar al Gobierno. Lo peculiar y rayano con el delito es que un
ministerio considere relevante incorporar tales emociones a una ficha personal”
Hay documentos que
retratan a quienes aparecen en ellos y documentos que terminan retratando, a
los propios creadores. El recientemente conocido dosier de Interior titulado Tertulianos.
Radio y Televisión, pertenece claramente a la segunda categoría.
Mediante un meticuloso
análisis de IA, el resultado apunta a que, de los 285 tertulianos
“investigados”, 120 resultan de derechas, 101 de izquierdas, 9 independientes y
55 que no se sabe… no contestan, o directamente se oculta su tendencia.
Presentándolo ahora
como un instrumento interno y consultivo para el seguimiento de medios -simple
documento de trabajo, según Marlaska- lo que intenta es amparar su legalidad.
El problema empieza cuando la realidad descubre que no se limitó a apuntar quién
era periodista, dónde trabajaba o en qué tertulia participaba. También decidió
indagar qué pensaba políticamente cada uno. Y surge la gran pregunta: ¿con
qué método?
Porque una cosa es
clasificar periódicos por su línea editorial y otra bastante diferente es
elaborar fichas personales de periodistas con expresiones como “afín al PSOE”,
“tendencia conservadora”, “reconocido antisanchista”, “militante socialista”,
“apoya al Gobierno” (socialista, se entiende), “defiende las políticas del
PSOE” o “últimamente es más combativa”, como se puede leer en algunas de las
fichas ¿policiales?
¿Quién decidió realizar
dicho informe usando esas categorías que, puestas en un papel con membrete de
un ministerio, apuntan directamente a la transgresión de varios artículos del Título
IX de la Ley Orgánica 3/2018 de Protección de Datos Personales y garantía de
los derechos digitales y, con toda seguridad, a otros tantos del Código
Penal? ¿Qué baremo utilizó? ¿Se entrevistó a los señalados? ¿Se analizaron
sus artículos? ¿Se hizo una estadística de sus opiniones? ¿Había una escala
objetiva? ¿Cuántos artículos críticos con Sánchez hacen falta para pasar de “de
izquierda” a “antisanchista”? ¿Bastaría sólo con haber referido -eso sí, sin
mala intención- el incumplimiento de la obligación anual de presentar los
presupuestos?
La comicidad, o mejor
el dramatismo, aumenta cuando se observa una de las distinciones fundamentales
del listado, porque, según éste, ser de izquierdas no parece ser exactamente
lo mismo que apoyar al Gobierno. Porque si “apoyar al Gobierno” fuera
simplemente la consecuencia natural de ser de izquierdas, no haría falta
anotarlo como característica específica. Pero se anota.
Y eso permite plantear
una lectura bastante más trágica: el clasificador no solo quería establecer
de qué lado ideológico estaba cada periodista/tertuliano; parecía interesado
también en revelar quién estaba del lado del Gobierno.
Resulta que un
periodista podría, o debería, ser socialista y criticar a Sánchez. Podría ser
progresista y discrepar de la amnistía. Podría votar a la izquierda y
considerar desastrosa una política concreta. Y, por supuesto, podría ser de
izquierdas y apoyar al Gobierno. Lo peculiar y rayano con el delito es que un
ministerio considere relevante incorporar tales emociones a una ficha personal.
Y es entonces, cuando
casi sin quererlo, llegamos al asunto más divertido: los periodistas de
izquierdas que, sin que haga falta llamarlos “lameculos”, aparecen además como
partidarios del Gobierno.
Como si hubiera una
izquierda normal y otra que mereciera un accésit adicional por su proximidad al
poder. Y es ahí donde el clasificador, sin pretenderlo, acaba haciendo un daño
considerable precisamente a quienes pretendía identificar favorablemente de
cara a sus jefes.
Al periodista de
derechas lo describe como “de derechas”. Al conservador, como “conservador”. Al
antisanchista, como “antisanchista”. Al independiente, como “independiente”.
Pero cuando llega al periodista de izquierdas que apoya al Gobierno, parece
querer decirles a sus destinatarios algo más: éste, además, “¡está con
nosotros (y con nuestro espíritu)!”. Y esa diferencia importa, claro que
importa.
El documento presenta,
además, un problema metodológico evidente, una clasificación con criterios
cambiantes: mezcla categorías de naturaleza completamente distinta. Unas son
ideológicas (“conservador”), otras describen una actitud frente al Ejecutivo (“apoya
al gobierno”); otras son directamente valoraciones personales o evolutivas
(“últimamente es más combativa”).
Y si los criterios
cambian de una ficha a otra, las cifras del principio tienen que examinarse con
cautela, ya que sirven para describir cómo se ha organizado el documento, pero
no para demostrar infaliblemente la ideología de 285 personas.
Lo más revelador, por
tanto, como se desprende del análisis del documento, quizá no sean los 120 de
derechas ni los 101 de izquierdas. Son los 55 que no han podido o querido
ser metidos claramente en el cajón de los buenos o de los malos.
Y, sobre todo, esos nueve independientes. Porque, en un documento
elaborado por un departamento ministerial, la independencia aparece como una
categoría diminuta, casi exótica.
Pero hay algo todavía
más curioso: el documento se elaboró en febrero de 2024, después de que,
el 11 de diciembre de 2023 -durante la presentación en el Círculo de
Bellas Artes del libro Tierra firme de Matilde Asensi (que no aparece en
el documento)- Pedro Sánchez se quejara de la composición de las tertulias
televisivas, argumentando que estaban desequilibradas hacia posiciones
conservadoras y que faltaban tertulianos progresistas.
Así que -casualidades
de la vida- faltole tiempo al responsable de turno del Ministerio del
Interior -que, obsérvese, no es la Secretaría de Estado de Comunicación-
para confeccionar un documento claramente dirigido al Duce quien, quede
claro, ni lo habría pedido ni, ahora que se ha hecho público, le parece
correcto (según ha dicho la criatura).
Es por eso que la
pregunta sobre el propósito resulta inevitable: si Interior dice que era
para “consumo” del departamento y para seguimiento de medios, convendría
explicar qué utilidad concreta tenía saber que un tertuliano era de izquierdas,
de derechas o “apoyaba al Gobierno” (socialista, vuelve a entenderse).
Porque saber qué
periodista cubre los asuntos de Interior tiene una utilidad evidente. Saber qué
periodista es especialista en Inmigración, Terrorismo, Policía, Guardia Civil o
Seguridad también. Saber en qué medio trabaja, igualmente. Pero saber si
políticamente le caes bien o mal pertenece a una categoría bastante
distinta, rayana en la transgresión de las normas citadas anteriormente.
Y ahí aparece la
paradoja final: el clasificador pretendía ordenar a los
periodistas/tertulianos, pero al hacerlo de una forma tan deshilachada, amorfa
e irregular, ha terminado clasificándose él mismo: “ignorante, inútil e incompetente”.
A la Stasi o a la KGB le hubiera durado un telediario, polonio mediante.
Seguramente, al lado de Marlaska, habrá sido premiado con una “patada hacia
arriba”.
En definitiva, el
verdadero hallazgo del documento son las preguntas que deja sin contestar: ¿Quién
puso las etiquetas? ¿Con qué criterios? ¿Quién decidió que un periodista “apoya
al Gobierno” o solo al Ministro del Interior? ¿Dónde termina la ideología y
empieza la adhesión política? Y, sobre todo, ¿por qué un Ministerio del
Interior necesitaba saber estas cuestiones?
En definitiva, si para
el clasificador “ser de izquierdas” y “apoyar al Gobierno” (actual) son cosas
diferentes, podríamos estar de acuerdo, porque para algunos periodistas la
etiqueta “de izquierdas” puede ser una convicción y la de “apoya al Gobierno”,
una posición. Pero si ambas aparecen juntas en una ficha elaborada por el poder
para el poder, la caricatura del adulador habrá sido esbozada por el propio
clasificador y ésta sí se parece mucho a la del lametraserillos, que
diría José María García.
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